sábado, 26 de mayo de 2012

El ministro Wértigo y la cría de pollos



El Ministerio de Ponedura, Crianza, Recrianza y Promoción de Pollos, encabezado por su titular el ministro José Ignacio Wértigo, esta semana ha replanteando tajantemente los modos en la producción aviar para los próximos años. Por todo ello, en la Granja donde cada mañana brego con la pollería, al igual que pasará en el resto de establecimientos del territorio nacional, la cría de aves se va a convertir en una labor menos lucida (aún) de lo que ha venido siendo en el último decenio. Grosso modo, la cosa vendría a ser así: aumento del número de aves por jaula, aumento de la extenuante jornada laboral (con más pollos esta vez), bajada de jornal y pérdida de complementos en las ya paupérrimas pagas extraordinarias, desaparición paulatina en los beneficios de la acción social y alejamiento de una edad digna para la jubilación (no es lo mismo criar pollos que sólo sexarlos, for example). Un operario de la industria aviar, por tanto, pasará a cuidar más aves en años venideros, lo cual supone también una interesante lista de perjuicios: los tutores legales de cada ave (colaboradores del Programa de acción aviar “Apadrine un pollo para toda su vida”) comprobarán en sus carnes que su apadrinado recibe menos atención, que se desmejora la calidad del alma del pollo por el hacinamiento con otros de su misma especie, que el pequeño granjero al cuidado de sus polluelos, a pesar de su empeño, tendrá menos tiempo para la atención directa con ellos, etc.

Puede parecer extraño, pero, cuando el pasado martes se promovió una huelga general en el sector a nivel nacional, de la factoría en donde paso las horas más lucidas y lúcidas de la jornada, de 50 operarios, más o menos, sólo 7 secundamos el parón. Sorprendido quedé de que con tanto afán se dedicaran ese día a sus labores ciertos avicultores que dan el visto bueno en junio para que todos los pollos (a pesar de sus taras) asciendan en el edificio hacia jaulas más exigentes y así no tener que personarse en septiembre con el fin de revalidarlos. Oí argumentos de lo más peregrino mientras degustaba mi bocadillo de salchichón sentado en el poyete del desayuno junto a mis compañeros: “Ya nos la han metido doblada (sic); para qué hacer huelga ahora”, “Yo no me pongo debajo de la pancarta de ningún sindicato”, “Yo ahora no me lo puedo permitir”. Válidas o no, las argumentaciones me parecieron vagas, esquivas e individualistas. Individualistas porque olvidan que en la depauperación del nivel de la producción avícola del país no sólo se van al garete sus suelditos, sino que además se va a pique la formación pública de nuestros pollos y su posible acceso a la Gran Granja Especial, donde las aves más capaces podrían mejorar la especie con el empujón de programas de ayuda para la cría universitaria. Para muestra, un pollón: las mejores aves de mi sección no tendrán forma de acceso a la granja universitaria porque Mr. Wértigo ha achicado las puertas de entrada y ha agrandado las de salida (sobre todo para avicultores asociados que se verán despojados de una condición laboral que algunos llevaban desarrollando desde hacía mucho tiempo). Nuestros colegas interinos también pasarán el próximo curso gallináceo a engrosar las filas de profesionales desprofesionalizados.

Y ahora piensen en lo mínimo que necesitan las granjas de atención primaria, de atención secundaria y de atención superior para funcionar con garantías y que también se verá reducido a lo anecdótico: gallineros, jaulas, comederos, bebederos, corrales de esparcimiento, ponederos, perchas, incubadoras, criadoras de polluelos, calefacción, desplumadoras eléctricas (esto es lo que mejor está funcionando con los trabajadores), clasificadoras y pesadoras de huevos, ovoscopios, etc. Asistiremos a la caída de todo lo logrado, no os quepa la menor duda. Por todo ello, no entiendo por qué pollas el personal no se mueve. Con un sistema basado en la bancarización de todos los ámbitos de nuestra vida, hemos conseguido una sociedad conservadora que no se separa (no hay dios que se haga cargo de una hipoteca solito/a) ni hace huelgas (idem). El Wértigo está calando en las granjas y la biodramina, con esto del copago, también costará un potosí. Gloriosos días aquellos en los que los granjeros no sólo pensaban en su bolsillo, no estaban desideologizados y creían en su misión pollo-pedagógica. Ciao.

martes, 8 de mayo de 2012

Griten


La marca suiza de relojes Swatch lanza al mercado again instrumentos con la maquinaria al descubierto. El alma de los relojes está hecha con la sustancia del miedo al tempus fugit, esa sensación que comienza a aplastarnos a partir de los 40, cuando nada tiene remedio a no ser que nos lobotomicemos o colguemos una cuerda de una viga y juguemos a pendular (strange fruit) sobre este mundo correoso. Mal momento para mostrar las almas achicadas por la coyuntura global. Pienso en esas 342.000 que desistieron en USA de buscar empleo por puro desánimo. Ya se sabe que los Estados Unidos tienen una mano rápida a la hora de apretar el gatillo y de hacer estadísticas. No sé cómo andaremos por aquí, aunque basta cruzar un par de palabras con alguien para cerciorarnos de que tampoco estamos en una feria. Los 91 millones de euros que se han pagado por El grito de Munch (“una bombilla con las manos puestas en la carita”, my mother dixit), me lleva a la siguiente reflexión: ¿qué podemos hacer los que podríamos mostrar el alma a la manera de los relojes Swatch y gritar con más realismo que la caricatura del cuadro? Me hacen gracia esas campañas que surgen desde la Red como la de "No vull pagar" contra el cobro de las autopistas catalanas. Desde aquí pongo en marcha una donde el personal se fotografíe o grabe en un puente, con las manos en la cara, gritando todo lo que le den de sí su corazón y sus cuerdas vocales. Seguramente 91 millones de gritos también se puedan vender en España. Pero nada de expresionismo pictórico. Puritita verdad.